| JOAQUÍN CARO ROMERO Romero y Julieta |
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Hace bastantes temporadas -¿cuántas?- que no veíamos una tarde tan apoteósica como la de ayer en la Maestranza. Mientras vivamos para contarlo recordaremos. No diré que el Curro grande de Sevilla resucitó, porque nunca estuvo muerto, ni siquiera "acabado" como se atrevieron a apuntar esos aguafiestas de la fiesta, que hablan o escriben con el pan del resentimiento y la envidia bajo el brazo para disimular su hambre y su mezquindad. Ni Curro ni el currismo estaban "acabados". ¿Qué sabrán de amor esos pálidos aristarcos acusadores? Admito que Curro estuvo aletargado, pero nunca en trance de defunción torera". Lo de ayer fue de clamor. Algo inenarrable. Una gran borrachera de arte y sentimiento. Parecía que los espectadores querían alfombrar la plaza con ramas de romero. No he visto más romero en mi vida. Tarde de liturgia y rito. Simbólicamente el romero es una planta que expresa fidelidad. Muchos se la colgaban en el traje sin saberlo, como una condecoración silvestre, como una insignia y como un desafío. Y es que Curro y Sevilla son como Romeo y Julieta. Dos amantes. Y se aman porque se parecen, como diría Ramiro de Maeztu. "Como se aman por afinidad, se exaltan y potencian mutuamente". En el amor entre Curro y Sevilla no hay drama, sólo disgustos que siempre acaban, tarde o temprano, en satisfacción". Ayer Romeo, digo Romero, le brindóo a Julieta (léase Sevilla) una tarde que la compensa de lo mucho que le ha hecho padecer. Antes, mucho antes de las seis y media, Julieta esperaba el milagro. Siempre lo espera. Y lo por esperado se quedó menos perpleja cuando poco después, recién cambiada la seda por el percal, su Romero salió muy decidido a recibir al primer "capuleto" y se lo pasó seis veces y media a la verónica haciendo estremecer a los pájaros cantores del mismísimo balcón de Verona. Luego, tras el primer puyazo, un quite de antología. Y con la muleta se portó como un pintor, como una especie de Delacroix romántico y colorista nacido en Camas. Cuando Curro torea como él solo sabe hacerlo no son necesarios los críticos taurinos, sino los críticos de arte. Porque el toreo es una de las bellas artes cuando lo ejecuta Curro. Dos faenas. Dos monumentos a dos manos. Una es la que pinta y la otra es la que graba. Una es la que sueña y otra es la que toca la guitarra. Muy planchado el pabellón. Parecía que Curro tenía los pies metidos en una pandereta. En el círculo de una pandereta realizó las dos obras maestras. Y sin salir del espacio de un rosal. Aquello era como una cadencia de cadencias, como bautizó a un libro Manuel Machado. Mató bien a la primera a sus dos toros. Tres orejas, que pudieron ser cuatro, si el presidente no niega una, por lo que fue abroncado. Esa tarde debutaría en la Maestranza como matador de toros, un torero que llenaría, posteriormente toda una época del toreo: Juan Antonio ruiz Espartaco, que cortó una oreja, contemplando el cartel -y también premiado con una oreja- José María Manzanares. |
| Joaquín Caro Romero Diario ABC 20 de Abril de 1980 |
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