Curro Romero acaba de anunciar su retirada definitiva y
el mundo parece haberse conmocionado. Curro Romero ha sido el paradigma del mito,
la materialización del misterio taurino. Curro Romero se retira de los ruedos a la
venerable edad de 66 años, que es una buena edad para jubilarse de verónicas,
naturales y redondos. Ha dejado en las últimas temporadas ese aroma de romero, tomillo y
hierbabuena con que sus fieles gustan de definir su arte; y ha conmovido La Maestranza,
sobre todo La Maestranza, con momentos sublimes y espantadas de miseria y de horror no
menos sublimes.
Las Ventas, sin embargo, le sacó siete veces a hombros. Por algo será. Sus lances, su
capotillo, su pequeña muleta, su empaque y sus redondos están por encima del bien y del
mal, por encima del arte y del desastre: don Francisco López, natural de Camas, ha
sido tan grande en la gloria como en los fracasos. Hace dos años, en la Feria de Abril,
estuvo a punto de realizar la hazaña que en el ruedo de La Maestranza han soñado
todos los toreros sevillanos: ganar el tercio opuesto a base de verónicas, y
regresar, de la misma forma a los medios. Cerca del tercio opuesto, rebasada ya la boca de
riego, le faltó fuelle.
Con la retirada de Romero se va el aire que mezcló siempre brisas rondeñas y
alegrías de Sevilla: un torero por bulerías con ritmo y compás de soleá. Se marcha
después de una caída de cartel poco gallarda en la última Feria de San Miguel; aunque
luego él y Morante de la Puebla hayan ofrecido el desagravio de un Festival. Al
marcharse, deja ese problemático trono del toreo sevillano que será difícil ocupar.
Ojalá ese último Festival con Morante sea premonitorio, pero no conviene jugar a
profetas.
Yo creo que los 66 años es una magnífica edad para retirarse de los toros, aunque se
trate de un mito como Romero. O, precisamente por tratarse de un mito como Romero. El
ocaso del diestro de Camas ha sido como un crepúsculo demasiado largo, demasiado
nostálgico y melancólico, con destellos gloriosos. Pocos, en esa madurez limpia y
dorada, pueden permitirse fulgores tales ni postreros cantos de cisne que, dicen, son los
más bellos. A esa edad, lo normal es que las fuerzas fallen o que te atropelle un
toro o que la voluntad se quiebre. Tapar esas insuficiencias con genialidades esporádicas
es lo que ha mantenido a Romero en candelero estas últimas temporadas.
En circunstancias normales de toros pujantes y movedizos, seguro que los años de don
Francisco López no hubieran aguantado el peso del vestido de torear. Mas ésto no es un
reproche que pueda hacérsele a él exclusivamente; otros fenómenos con 40 o 50 años
menos, andan toreando toros igualmente postrados. Y no pueden presumir del arte, la
grandeza y el misterio de don Francisco López, natural de Camas, por nombre artístico y
sempiterno Curro Romero.
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